jueves, 18 de junio de 2015

Economía del lenguaje y otros vicios del discurso

Hace unos días leí que al parecer en El Quijote se emplearon unas 23.000 palabras, mientras que un ciudadano medio ronda las 5000. La diferencia es pantagruélica. Y desoladora. Vale, no vamos a ponernos a disertar en plan hidalgos ingeniosos, pero acortar un poco esa distancia bien podría servirnos. Yo lo intento, a ratitos. Me gusta apuntar palabras cuando leo algo y se me escapa algún término, cuando se me van los matices. Nuestro lenguaje es tan rico que contamos con vocablos específicos para cada pequeño detalle.

La última palabra en sumarse a mi precario vocabulario es lacerado. Que no es “con cera, ¿no?”, como me ha indicado el Páter, sino  infeliz, desdichado. Antiguamente se usaba para nombrar aquello mezquino y miserable, o para designar a quienes padecían  el Mal de San Lázaro, que no es otro que la lepra, o la elefantiasis. Eso es lo que es realmente mezquino y miserable… que sean sinónimos.

He de reconocer que aunque aquí y ahora rompa una lanza a favor de la diversidad del lenguaje, en casa tiendo a economizarlo; tanto que temo por Elprenda. La economía del lenguaje consiste en decir la mitad de la palabra y quedarse tan ancho. Se pone la “cale” cuando hace frío; se desayunan tostadas con “mante” y “merme”, o se comen ricas “ceres”, ahora que es época de ese fruto rojo con rabo sobrino de la picota, que mira tú por dónde no es “pico”. O al menos, no de momento.

Por si fuera poco, en casa además tendemos a usar el argot de forma desaforada. El Páter se jacta de su origen y acompaña su deje madrileño de “j” exacerbada con muletillas y gracejos de una jerga propia, prolija y rica en detalles, no obstante. Siendo sinceros, esa jerigonza nuestra está ya un poco obsoleta. Hace una década que hicimos las maletas para volar lejos, bien lejos (esto del pueblito costero es un chiste si hablamos de distancias) y mientras que el argot avanzaba presuroso en su lugar de origen, quedaba estancado en nuestras bocas. Entonces, ajenos a los cambios, soltábamos palabros sin remilgos, aquí y allá, manteniendo esa lengua de viejos rockeros ufana y sin complejos.

Yo a veces busco a Jesús Vázquez por si se encuentra cerca, por si eso de la “basca” que acaba de llegar a mis oídos no es un anacronismo, sino un guiño lanzado con premeditación y alevosía.

Aún no lo he visto. A Jesús, digo.


El acortar las palabras en el día a día, sumado a la germanía madrileñaSigloDos, no es el único escollo con el que Elprenda puede tropezarse. A estas peculiaridades se une nuestro pasado expatriado. Vivir en otros parajes es lo que tiene: que la lengua es otra –Parada 1- o que se usen otros vocablos y formas verbales diferentes–Parada2- . Hace unos años parecía que íbamos de guays al no poder evitar soltar algún que otro “sure”, “perfect”, “see ya”, “cheerio”, ejem. Y tiempo después parecíamos sencillamente raros al hablar por el “celular”, usar la “compu” o soltar “Yas” a troche y moche.

Pero no todo acaba aquí. Aparte de vivir en otras latitudes siempre hemos tratado de imitar acentos, y adoptar palabras que nos parecían graciosas. Una de nuestras últimas y más preciadas adopciones es la terminación “ingo-inga”.

- ¿Cómo quieres el meloco?
- Pelaingo

Elprenda lo tiene difícil, a qué negarlo. Y hemos de tratar de esforzarnos en abandonar manías y vicios en el discurso. Cuanto antes. Antes de que nos llamen de la escuelina contándonos que el niño habla raro, que no lo entienden.

O antes de que Elprenda invierta los papeles e insista en educarnos.

lunes, 25 de mayo de 2015

Cuadernos Pequeño Jefe III

Ayer viví algo histórico, al parecer. Yo espero más de la Historia, la verdad.

Si hay algo bueno de nacer tarde es que uno se ahorra en disgustos, porque esa mayoría de grupo organizado, que ríete tú de mafias italianas, empieza a bajarse del trono, y se desintegra poco a poco para mayor alegría de la gente buena. Y de los chiquilines como yo, que nos ahorramos el comprobar por nosotros mismos nuevas corruptelas.

Yo es que veía a Manuelatodocorazón y veía a Esperanzasobradaespoco y ya lo tenía claro. Vamos, que no hacía falta que me explicasen nada de Púnicas, Gürteles y casinos puteros. Era ver esas dos caras y sacar mis propias conclusiones.

De la una pensaba: Ya podía ser otra abuela mía. Y me veía tomando chocolate a su lado mientras escuchaba historias de luchas y derechos, y salíamos a pasear en bicicleta… Yo ahí, en la cesta de la bici de Manuela, dale que te dale, sobre un Madrid limpio, verde, y lleno de vida en las plazas. De la otra pensaba: tengo a esta de abuela y ya puedo empezar a aprender a correr. Me veía merendando en un salón inmenso y frío un bocadito preparado por una tipa rara vestida de pingüino. Ni rastro de historias. Me imaginaba atrapado en un coche en el que tenía que comunicarme con mi abuela a través de un cristal, como en los taxis que han sufrido atracos.

- Abuela, tengo pis
- Pues te esperas
- Abuela, es que tengo mucho pis
- Mierda crío. Bueno, voy a parar
- ¿Aquí, pero estamos en medio de la Gran Vía? ¿Dónde hago pipí, abuela?
- Paramos a que yo saque dinero. Tú el pis te lo aguantas

Ya saben lo difícil que es aguantar el pis cuando uno se está meando porque una tipa vestida de pingüino le ha enchufado varios Cola Caos para no molestar a la abuela (que está contando dinero, chiquitín…) Súmenle a esto que uno está cagado de miedo.

Era pensar de nuevo en Manuela y su bicicleta y mearme de gusto en el pañal. Automático.


Así que estoy que no quepo en mi por lo que ha pasado en Madrid, aunque he de reconocer que ese concejal 21 me tocó la moral. Bueno, ese y los otros veinte. Me causa mucha ansiedad que haya ciudadanos que aun pasando lo que pasa sigan confiando en esas mafias… Me hace vivir en vilo, no me fío de mis vecinos, y miro con tristeza a según qué chiquilines cuando veo que les pasean abuelas altivas, rubias de bote.

Y esto por Madrid capital que aunque no es hoy por hoy mi sitio, lo es de corazón de Lamama y el Páter, que recordaban, con poco criterio, a un tal Tierno Galván.  En lo que se refiere al pueblito costero diré que tengo más miedo todavía. El PP ha arrasado con 7 concejales, seguido del PSOE con 4, 1 de Compromís y 1 de Ciudadanos.  Es decir, mayoría absoluta para los corrompidos. En la Comunidad podemos salvarnos si hay pacto PSOE, Compromís y Podemos. Lo habrá, porque en esta autonomía se ha escrito demasiadas veces la palabra corrupción con mayúsculas. Lo mismo ocurre en las tres capitales de esta provincia… Así que bueno, hay que alegrarse.

Pero en el pueblito… ¡Ay, en el pueblito!…

Lo que a mí me toca, hoy por hoy si sigo viviendo en esta aldea, es desarrollar la compasión. Apiadarme, sí, de muchos de mis compañeros de la escuelina que viven con votantes de corruptos. Hacer alarde de misericordia y comprender posibles felonías… Los desmanes que ocurran en clase han de quedarse dentro; y serán a cuenta del Sistema, siempre que se demuestre que se trata de actos propios de un adoctrinamiento feroz, inculcado en hogares votantes de corruptos.

Es difícil luchar contra los elementos, y como tal habré de comprender que mis compas no son malos de corazón sino que son adoctrinados diariamente en hogares jaleadores de mafias. De todas formas, ojo con las generaciones venideras porque he visto algunos actos en clase propios de auténticos guerreros libertarios. Vamos a tener que movilizarnos muy seriamente, y hacer alguna asambleílla próximamente. Hemos de darnos prisa en aprender a manejar bien la lengua de los grandes y ponerles los puntos sobre las ies a todos esos padres y abuelos abducidos.

Es la hora de los nietos libertarios. 

martes, 12 de mayo de 2015

Siddharta o cómo ser un guiñapo con estilo

El páter alucina. Qué tío más genial. Anda que no han pasado ya días y aun me sigo riendo. Pues no va y dice que es la reencarnación de Siddharta. Sí, sí, así como lo oyen.

Si yo estoy que no quepo en mí ante tamaño dispendio de egolatría y disparate, imagínense Lamama. Pero como el rigor es importante –me lo recuerda un tal Inda cada semana- recularé ya mismo… Tal y cómo lo hizo el Páter cuando Lamama le aseguró que semejante sentencia era carne de blog.

- Si es que soy la reencarnación de Siddharta.
- ¿Pero tú te estás oyendo? Venga vale, lo que digas.
- Vale no… Soy lo más cercano a la reencarnación de Siddharta que tú has conocido.
- Que sepas que ahora tienes que medir más lo que dices
- Dilo, venga, ponlo en el blog; pero ponlo en contexto. A lo que yo me refiero es que no me gusta el fetichismo de la mercancía… Yo más bien soy del valor que tienen los productos por su utilidad
- …

Yo en ese momento me atraganté. Ya me daba igual Buda, Alá o Ganesha, el elefante ese con muchos brazos. Lo que me interesaba era el origen de aquéllos dictámenes. El delirio de grandeza –justificado, vale- del Páter tenía un germen que se resumía en mi vestimenta: camisetas, pantalones, bodies de todos los colores habidos. Parece que los anuncios de "Por fin llegó la primavera" -o el verano- de según qué establecimientos comerciales nada van a tener que ver conmigo. Desde bien joven se va a encargar el Páter de que no me haga un adicto a la moda.


Hace una calufa de escándalo en el pueblito costero. La chicharrera a la hora de almorzar es tan considerable que los lugareños se han preocupado de liberar sus carnes y tapar apenas esos puntos dignos de ser tapables por no sé qué mierdas del pudor –yo no tengo nada digno de tapar parece ser-. El pueblo ha sido subyugado por el periodo estival y el olor a salitre caliente embriaga toda la costa.

Y mientras la villa se viste con sus mejores galas, animada por un sol esplendoroso, yo no tengo malditas galas que ponerme.

Hace unos meses, cuando llegamos y dejamos la capital, con sus virus y sus bacterias, hacía por aquí un frío de cagarse. Bueno, no, no era para tanto, pero sí era lo más parecido al frío que yo he conocido (Páter dixit). Llegamos abrigados hasta las orejas, y mi maleta venía cargada de mangas largas, que Lamama había doblado con primor.

Contábamos con regresar antes, cuando aún el calor sofocante si acaso se vislumbrara en la lejanía. Pero los planes cambiaron: que si qué bien se está aquí, que si Elprenda ya está habituado a la escuelina y no vamos a cortarla ahora, que si aquí trabajamos mejor. Total que seguimos. Estamos en el pueblito costero como lo está también aquella lejanía, que ni siquiera ha mutado en cercanía sino en un “zas en toda la boca”.

- Hay que comprar al peque ropa de verano pero YA
- Qué dices, anda
- A ver, el tiempo ya ha cambiado del todo y no va a volver a refrescar
- Tú quieres camisetas cortas, pues yo te daré camisetas cortas.

Llevo toda mi vida escuchando hablar de recortes, y por fin ha llegado mi momento. Este nuevo Siddharta quiere cortar aquellas mangas largas que Lamama dobló con tanto esmero. Y yo voy a ir por el mundo con andrajos.

Páter me guiñó un ojo. Ahí fue cuando me atraganté. Pensaba: guiño, no, guiñapo.

Pero Páter no se amilanó, y continúo con su discurso… Blablabá… el valor de uso… blablablá… el valor de cambio… blablablá… las utilidades…. Blablablá… estamos subsumidos a la lógica del capital...
Y a medida que su letanía se hacía más intensa mi corazón se hacía más rojo y latía con más fuerza; y me daban ganan de rasgarme las vestiduras allí mismo. Darle razón de ser a mis flamantes incisivos de leche y zas zas zas, seccionar las mangas largas de un plumazo y quedarme más fresco que una lechuga.  

Parece que la arenga caló algo también en Lamama que torcía y destorcía el gesto.

- Bueno, podemos cortar alguno, pero también compramos tres o cuatro.
-Tú verás si quieres gastar
-Y cortarás los que yo diga
-¿Pero no te das cuenta que da igual que tenga un pulpo o un mono estampado? Lo que importa es su utilidad…

Así que así estoy, voy a ser la sensación de la escuelina. De todo el pueblito costero. Haré que la moda de los 80s de recortar todo lo recortable reaparezca.
Además, los grandes sí que tienen un porqué para reestructurar sus armarios (temporada fría, temporada caliente) pero a mí cuando vuelva el frío no me va a valer nada de esto, así que está bien darle más uso a las pamplinas estas que visto y calzo. Por lo único que lo siento es por si algún día tengo un hermano… Pero me voy a callar, no vaya a ser que el Páter quiera guardar las mangas y darles un remiendo si es que la prole sigue aumentando.

Ardo en deseos de estrenar mis “nuevas” camisetas y crear tendencia en la aldea. Que todos los niños y niñas vayan en busca de sus padres tijera en mano. Mientras, yo estaré meditando en la arena de la playa como si fuera mi padre mismo, el gran Siddharta… 

Y digo yo que menos mal que se reencarnó ese, si hubiese sido Ganesha habría el doble de mangas que cortar… 

lunes, 4 de mayo de 2015

Cuadernos Pequeño Jefe II

Últimamente pienso en los detalles. Me dejó cavilando eso del cambio y el recambio.  “¿Cambiamos el pañal?” me espeta Lamama.  Quitarme el pañal y enchufarme otro, ya sin caca, sí, pero de igual corte y confección y que será reemplazado por otro exacto en cuanto tenga yo a bien volver a hacer de vientre, no es un cambio. Es un recambio en toda regla. Y todo se extrapola, también para este enorme pañal llamado mundo. Nos mean, señores… nos desbordan de mierda, nos enchufan un pañal nuevo y a correr.  

Los recambios de pañal son un momento interesante para mis pequeños soliloquios. Hace unos días he descubierto que tengo cola, o al menos he empezado a hacerla caso. Cuando ya anda bien limpita, hago una de romanos: me agarro las pelotas con la mano derecha, juro decir la verdad, y testifico. Empiezo a largar a Lamama o al Páter todo lo que me está pasando, cómo veo esto y lo otro, y lo de más allá. Declaro y explico mis pequeños aconteceres en lo físico y lo moral. Ah, por cierto, Lamama ha jurado, sin agarrarse nada, que tratará de hablar con propiedad y sólo se referirá a cambios de paquete cuando me vista con el paño azul playero, adornado de peces de colores. En lo habitual, hablaremos de recambio. Evitaremos así las falsas expectativas y no desbordaré de alegría pensando en baños en la playa a no ser que efectivamente toquen.

He escuchado ya más de una vez… ¿Y qué será éste cuando crezca? Pues éste no lo tenía muy claro hasta hace poco, pero este mundo absurdo y sus pequeños héroes le están dando ideas. Quiero ser anarquista. Sólo pensar en esa doble vida de la que hablaba Lucio Urtubia me pone a cien. ¡Qué viva la libertad absoluta del hombre y del ciudadano! No quiero hacer, ni mucho menos, apología del descontrol pero ¿Acaso ahora con control hay libertades? Esto me lleva de nuevo a hablar de los detalles… palabras parecidas pero radicalmente opuestas:

Libertad no es libertinaje. Que no señores, que no es lo mismo. Que usted no tiene derecho a gastar el dinero del prójimo en vicio, impudicia e indecencia. Que no. 

Ni que hablar del posible parecido entre liberal y libertario. ¡Ja! El lenguaje es lo que tiene.

Lamama y Páter también serían anarquistas, ya saben.

Uff, otra vez se me ponen los pelos –los cuatro que tengo- como escarpias. Así paso yo los días, de susto en susto, de exabrupto en exabrupto. ¿Comprenden ustedes por qué me quiero hacer anarquista? Lucio dice que el anarquismo hoy en día tiene más sentido que nunca. Pues a ver si nos vamos enterando. A ver si las generaciones venideras no estamos tan confundidas y vamos hablando con propiedad. Yo, ya les digo que estoy en ello, dale que te dale estudiando el palabrerío ahora que soy una esponja (como Bob) –y que su esfuerzo me cuesta, ya les dije-

En fin, que el estudio del lenguaje me está haciendo los días mucho más llevaderos. De una cosa salto a otra y vuelta a empezar. La semántica me tiene fascinado, y hace que me pregunte por qué existen palabras totalmente distintas en su morfología pero aun así la gente las confunde. Expropiar no es robar. Claro ejemplo.

Si quiero ser anarquista tengo que buscarme un sobrenombre. No porque los grandes anarcosindicalistas lo hayan tenido, pues ellos eran conocidos por sus apellidos. Pero me apetece. En realidad, el que me gusta es Malatesta. Me rechifla porque no deja muy claro si uno es anarca o un pirata, profesión que todo hay que decirlo, también me he planteado. Como ya está pillado, seguiré pensando…

Si es que me dejan ¿Han oído hablar del pensamiento único?


lunes, 27 de abril de 2015

Esplendor en la hierba

Aviso a navegantes: Spoilers. Si no has visto la película piensa bien si quieres seguir.

Cuando Elia Kazan empezó a dirigir Esplendor en la hierba ya era un traidor. Había vendido a sus antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Senador McCarthy, líder del Comité de Actividades Antiamericanas, y se había quedado más ancho que largo.

El Kazan de honorable boca cerrada, anterior a 1952, supo llevar como nadie a la gran pantalla la obra de teatro de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo, para que los cines de medio mundo ardieran con los rifirrafes Brando-Leigh. E incluso ya tenía un Oscar en su haber por una peli anterior, La barrera invisible, con Gregory Peck. No era, lo que se dice, un desconocido. Su trabajo emanaba talento y la crítica se lo reconocía. La moralidad de Kazan no había dado síntomas de grandes desvaríos, y sus filmes parecían llevar la rúbrica de alguien más o menos normal, o al menos, discreto. Pero llegó 1952 y su honorable boca cerrada se abrió. Y lo hizo de lo lindo para hermanarse con McCarthy y convertirse en uno de los personajes más odiados de La Caza de Brujas. Largó. Y vaya que sí largó.  Que si había sido del Partido Comunista de 1934 al 36 pero ya se había redimido; que si él, todo por la patria (de acogida, era polaco); que si ya nada tenía que ver con aquellos marxistas; que si… apunta, apunta, que te doy los nombres de quince de mis excamaradas.

Ese mismo año veía la luz Viva Zapata, y su director se quedaba como Villa, otro líder de la Revolución Mexicana: Pancho; panchísimo. Y se fueron sucediendo grandes títulos: Al Este del Edén, Río Salvaje… Y llegó 1961 y el infame delator supo hacer resplandecer la hierba como nadie, el muy maldito.


Lo mejor de Esplendor en la hierba es el guión, una historia hilada a la percepción con golpes dramáticos a cada paso. William Inge supo convertir un poema de otro William, éste Wordsworth, en un guión implacable, ante el que nadie puede quedar impasible. Y es que todos hemos sido jóvenes y por todos pasa el tiempo, no hay forma de pararlo. Eso es Esplendor en la hierba; una oda a la juventud, cuando las emociones, las oportunidades y los deseos parecen imparables, posibles e inquebrantables. Pero ahí están Bud Stamper y Dennie Loomis para decirnos que no, que aunque todo parezca perfecto y el amor más grandioso nos nuble, al final las historias se tuercen. El tiempo arrasa con él las ilusiones que la juventud teñía de imperecederas.

No es lo mismo plantarse a ver el metraje con menos de veinte primaveras que hacerlo con 35, cuando el reloj ha sido también infalible contigo, y de la juventud quedan, con suerte, frágiles coletazos. No, no es igual, pero sin embargo, en cualquier etapa te tumba y te desbarata. Por lo que pudo ser, por lo que no fue, por lo que ha sido.

Warren Beatty se ganó un Globo de Oro a la nueva estrella del año por su papel de Bud Stamper. El joven, que no lo era tanto para encarnar a un chico de instituto, sí era novato en el séptimo arte –a pesar de conocer las tablas del teatro- e hizo la réplica a una Natalie Wood ya conocida por su papel junto a James Dean en Rebelde sin causa. Ella fue nominada al Oscar, pero la estatuilla recayó en Sofía Loren, por Dos mujeres. La italiana pudo hasta con Audrey Hepburn, nominada ni más ni menos que por Desayuno con diamantes. Se cuenta que en el rodaje de Esplendor poco eco tuvo esa moral mojigata y beata que plasmaba la peli, propia de los años 20 en una localidad rural de Kansas, y de la Gran Depresión Americana. Al parecer hubo líos por doquier, empezando por Kazan y Bárbara Loden, que encarnó a la hermana desinhibida de Bud, contrapunto genial a las actitudes de la Loomis. Parece ser que también Beatty y Wood tuvieron su historia detrás de las cámaras. Pero eso son cosas que pasan, como la traición de Kazan, y poco han de tener que ver con el propio filme y ese vaivén de emociones que se adueña del espectador.

Los protagonistas de esta peli viven una historia de amor intensa, pero se dan de bruces con los planes de sus progenitores. A la una no la dejan desfogarse y es adoctrinada para cerrar las piernas; al otro lo encaminan a una profesión que no desea, y su carácter contenido y subyugado lo imposibilita para la batalla con su padre, máximo exponente del despotismo ilustrado. Ante este panorama su amor se tambalea para irse a hacer gárgaras.

Se siguen queriendo; qué más da.

Y así la vida pasa y dos personas llenas de ilusiones, planes y juventud se conforman con el devenir que les toca, para acabar confiándose que no se preguntan demasiado sobre la felicidad.
Y así la vida pasa y El Traidor rueda otra traición: la de los ideales de la juventud. Un nuevo imaginario se da de bruces con aquello que un día fue, pero se acepta, y los nuevos días se llenan, quizá, de complacencia.

El final de la peli es tan rotundo, tan intenso, que da igual mi edad; siempre consigue deshacerme, tambalearme. Desbarata.

Pura frenopatía.

“Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.


domingo, 19 de abril de 2015

La placenta placentera

Cuando desperté el mundo todavía estaba allí, y así acontecieron los demás despertares, por lo que hube de habituarme y reconocer que su visión no correspondía al abuso de líquido amniótico. El mundo, lejos de rodearme y acunarme como lo había hecho el saco embrionario me ofrecía tan sólo una atmósfera lejana, parca e inalcanzable. No habría más vida placentera en la placenta.

Esa afirmación, inquietante, supe transformarla en acicate. Placentera-placenta: sin pensármelo dos veces me lancé a conocer las figuras literarias. Aliteración, zanjé. Así empezó mi búsqueda incansable de palabras. Traté de entender el lugar hostil que me abrigaba dando sentido a sus términos; buscando mensajes en cada letra, cada sílaba. Me estoy empleando a fondo y para el perímetro craneal que tengo no voy mal de vocabulario adquirido. 

Lo que ahora ando entrenando es el criterio pues lo que significa algo para mí, parece significar lo contrario para otros: justicia, transparencia, paraíso.

Qué mundo este, insisto. 



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RETO #150 PALABRAS: 
PALABRAS, CRITERIO, VOCABULARIO

Con este post me estreno en la entrega dominical #150palabras. Bueno, Elprenda, que ha visto mis intenciones y se ha precipitado al teclado.

A Elprenda le gusta divagar de este mundo nuestro que anda conociendo de a poquitos. Como es un intenso, trata de hacerlo a grandes cucharadas. Lo hace aquí, pero ha pensado que cientocincuentapalabras pueden ser suficientes para un primer acercamiento. Porque pasan tantas cosas en el día a día, que nunca habrá suficiente para escribir. Eso lo tiene claro.

Se estrena. Nos estrenamos.


#150 palabras es una iniciativa de Marta (Diario de algo especial). ¡Pásate a conocerlo!

viernes, 10 de abril de 2015

Aquellas madres de los 80

Aprovechando una fecha importante acaecida esta semana, aun no siendo una fecha redonda -dentro de dos años el shock igual no me deja escribirlo-; y admitiendo que esto del blog me está rasgando las entretelas, hoy el post no irá de esta mi maternidad de ahora sino de aquélla, la maternidad de entonces. Que yo viví como hermana pequeña en un hogar que fue de lo más innovador en esto del divorcio, y dónde fui de lo más feliz y también, de lo más sufrida. Allí siempre me acompañó mi hermano mayor que, como digo, esta semana ha hecho 38.

Corrían los años 80 y yo me preocupaba por Chulín, por lograr hacer rodar el Súper Cinexin con el dedo -puesto que al mío, como al de todos, se le cayó la palanca aproximadamente en la segunda sesión- y por no caerme de la bicicleta. Eran años de buscarse las vueltas por las tardes, después de Espinete, y mi hermano y yo nos inventamos el “Globomano”, un juego que aún me pregunto por qué no patentamos… Aún estamos a tiempo, pero los niños de hoy prefieren la Play. Nosotros jugábamos con mi padre a hacer crecer un coche para hacer volar por los aires a otros tres carros. Rojo, azul, magenta y amarillo. Eso era todo, la pantalla no daba para más… Bueno sí, si pasabas de nivel había una piscina en el centro, por lo que además de hacer explotar los vehículos contrarios, también podías ahogarlos.

En las mejores horas del colegio, esas que iban desde las 12 hasta las tres con el almuerzo de por medio, jugábamos a hacer albóndigas con la arena y a pasar por “los tubos”; y si llovía el patio nos recibía con sus mejores galas horas después, con unos cuantos charcos que yo saltaba una y otra vez con mis katiuskas amarillas de ribetes blancos. También estaba abierta la biblioteca y allí íbamos a dibujar y a ojear las revistas de entonces. Pero lo que más nos divertía era colarnos dentro del recinto, custodiado por los cuidadores de turno a los que tratábamos de dar esquinazo corriendo despavoridas por aquéllos enormes pasillos repletos de palomas de la paz coloreadas y alguna que otra sardina.

Y llegaban las largas vacaciones y las playas del Levante estaban siempre ahí, junto a esos dos apartamentos que íbamos turnando, el pequeño y el grande, según hubiese o no alquilado la dueña. Allí conocí las manos locas, y el blandiblú, y mascaba chicles del anti-chollo mientras mis ojos recorrían escaparates llenos de acid-houses estrafalarios. Nunca tuve una de esas camisetas, mi madre en los ochenta conservó el buen gusto.

A mí lo que de veras me gustaba eran las Converse Magic de mi hermano. Y me aprendí las alineaciones de la NBA porque cuando nos tocaba con mi padre, finde sí finde no, se veía el basket. Y Scottie Pippen, Jordan, Abdul Jabbar y un loco bajito hacían de las suyas. Yo siempre fui de Dominique Wilkins, pero cuando me regalaron una pareja de osos azules decidí que fueran por siempre de los Celtics y fueron Larry y Bill hasta el fin de sus días.



Aún recuerdo las caras de felicidad de mi padre y mi hermano cuando uno de los compañeros de clase, hijo del gran Ramón Trecet, me invitó a su cumpleaños. Allá que fueron a recogerme páter y filio animados pensando en que además de chocolates y velas habría algún triple, algún mate, o al menos una falta directa por pura pesadez, lo que fuese con tal de colarle al tipo un tiro libre.  

También eran muy de fútbol -cada vez más, eso no se cura con los años- así que mis ojos inocentes siguieron jugadas del Castilla y enloquecieron al ser testigos de aquéllas volteretas de Hugo Sánchez.

En el colegio también hacía cosas “más de niñas” -ya ves tú-. Hubo un año en el que todas teníamos tiritones, aquél muñeco con una pila inmensa en el interior del cuello que se estremecía y vibraba al contacto con el agua. Las niñas que llevaban muñecas llevaban eso: muñecas. Y las vestían de rosa, amarillo, morado, qué se yo, pero siempre con vestidos y volantes. Ellas tenían tiritonas. Yo tenía un tiritón. Un muñeco con pilila al que sólo le quedaban bien los pantalones. De cuando en cuando me hacía la loca y engañaba a las compis diciendo que lo mío también era una muñeca, y le embutía en algún vestido que no sé ni de dónde sacaba. Finalmente el tiritón acabó oxidado porque la pila se terminó mojando y el cuello de plástico agarró un color impreciso. Y acabó sin cabeza, como todos mis muñecos. En mi casa generalmente tenías que buscar el cuerpo de los muñecos en una de las habitaciones, y la cabeza, qué sé yo, quizá en la cocina.

Y así creció esta madre de hoy, bebiendo el zumo de naranja a toda prisa para no perder ni una sola vitamina y convertirse en Super Ratón, supervitaminada y supermineralizada. Así me hice, jugando a ser Sophie, aquélla sobrina rubia del Inspector Gadget que le solucionaba la papeleta en cada capítulo. Soñando con tener un reloj walkie, un libro interactivo y… ¡un perro!

Disfrutando los viajes en los que los maleteros nos acogían con los brazos abiertos, y no se conocían las sillitas ergonómicas como la que usa Elprenda. Jugando al veo-veo en aquéllas horas muertas de carretera y manta, y escuchando a Aute, a Jacques Brel, a Sabina. Buscando la montaña con forma de camello de camino a Valsaín, pasando por Los Asientos que yo llamaba sillones.

Y con Esaprenda lidió Abuelagallina; una mujer vivaz que tuvo que cargar carros y carretas, pero que siempre contó con el amor abnegado de mi buen hermano, que por aquel entonces bebía sus vientos. Una malamadre que para mí fue la mejor; sí, a ratos me alimentaba de palitos de merluza y puré Maggi pero que a su vez me nutría de amor incondicional y unos valores inmejorables. Y hacía como el padre ese del anuncio de Día que en los cumples de los peques se calza el vestido de payaso. Ella no se calzaba nada, iba con sus jerséis de lana y sus pantalones de pana habituales –así he salido yo-, pero hacía enmudecer al graderío infantiloide con sus gestos, canciones y concursos. Era mi pilar, mi mala madre perfecta.

Y yo tampoco había desarrollado eso de la vergüenza ajena…

Mimama que no me dejaba bajar a la piscina (Ni piscina, ni piscino) hasta hacer los deberes de Santillana, y aprenderme los verbos de carrerilla… y también el subjuntivo. Mimama que se arreglaba para salir y nos preguntaba a nosotros, Susprendas, que si mejor así o asá. Que si rojo o marrón. Y entonces entornaba sus lindos ojos azules avivados por el rimmel y mi hermano y yo navegábamos por todos los océanos y mares posibles.

Y nos quedábamos ahí los dos. Y yo dale que dale con el cuento aquél de los cabritos y que no había que abrir la puerta, y que dónde estaba el reloj de cuerda ese grande, con pedestal, para esconderme.
Ah, las madres de los ochenta, que sólo contaban con dos canales disuasorios en la televisión. Que metían a los retoños en los maleteros, que preparaban medialunas, que te traían el Don Mickey. Esas que te compraban Frigo Tiburones azules, como sus ojos, aunque fueran de hielo. Que decían: ¡que te he dicho que las jeringas no se tocan!

Hoy por hoy, Elprenda aún no me da bien la réplica, pero ya ha empezado a conocerme y tiene muy claro cómo se me camela. Eso sí, sólo en los pequeños avatares domésticos, esos altibajos cotidianos. Como es tan pequeño aún soy la buena amada y la bien querida. Y yo a disfrutarlo.

Ya temblaré, ya, con estos niños del nuevo siglo con cientos de canales, sillas ergonómicas, comida basura en cada esquina. Tiradores de tebeos a la cara… Que qué es eso que no tiene pantalla…

Y sin Frigo Tiburones.

Por lo pronto a disfrutar la vida de mala madre sin que él lo note demasiado, que ya se enterará, ya. Y yo me enteraré, ya, claro. Ufff, ya empiezan a tembrarme las canillas cual tiritona.